Javier Sesma
Los primeros recuerdos que tengo de una plaza de toros son de un espectáculo cómico-taurino-musical donde intervenían, entre otros, una cuadrilla de enanitos toreros. Naturalmente, fui de la mano de mis dos abuelos. Recuerdo que me reí muchísimo con ellos.
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| No se les ve muy avergonzados |
Después de salir de mi asombro, se me ocurren un montón de preguntas que me gustaría compartir con él y con cuantos lean estas líneas:
- Dice que ha recibido una queja, pero ¿de cuántas personas hablamos?, ¿de 1, de 100 o de 1000?. Si ha sido, como supongo, de un grupo minoritario podríamos preguntarnos con derecho ¿quiénes son ellos para prohibir -maldita palabra- un espectáculo que lleva perviviendo en paz muchísimos años y al que asisten, puntualmente y pagando una entrada carísima, unas 10.000 personas cada feria del Pilar?.
- Pregona la "necesidad de proteger y apoyar" a este colectivo; y yo me pregunto ¿cómo piensa hacerlo?, ¿mandándoles a todos al paro a costa del erario público y destrozando así su vida y su futuro?.
- También dice que se propone "evitar las fuertes embestidas o pisotones de los animales". Y qué esperaba este buen señor, ¡si son toreros!. Si hubieran querido una vida más plácida se hubieran hecho canónigos de la Catedral o Justicia de Aragón, pongo por caso. ¿Recuerda el respetable jurista, algún percance grave que haya provocado lesiones irreversibles en un enanito torero?.
- Acaba afirmando que "con ello se vulneran sus derechos básicos y la dignidad de estas personas" y vuelvo a preguntarme: ¿este señor o su gabinete, se han entrevistado, cara a cara, con alguno de ellos?. ¿Han llegado a escucharles con la mente y el corazón abiertos?. ¿Han tenido en cuenta sus sentimientos?. ¿Han analizado cómo será su futuro y el de sus familias, si consiguen llevar adelante su propuesta?. Seguro que no.
Don Fernando García Vicente, Justicia de Aragón, usted se ha equivocado. Esta vez "está tocando de oído" y el resultado de su interpretación nunca será música, sino el eco de lo que pregonan los intransigentes y sensibleros, que tratan de imponer su moral y sus sentimientos sin importarles un bledo el de los propios damnificados.
En este caso, el de los toreros pequeños.

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