Javier Sesma
Y digo "era" porque no puedo decir "es". Pero, por favor, no me malinterpreten; no quiero decir con esto que me gustaría que las personas que acuden -poco- al coso de La Misericordia le pegaran fuego a la plaza cada vez que hubiera motivos para ello, pero reconozco que, a veces, echo en falta una bronca monumental en los tendidos, cuando el trapío o el comportamiento de las reses, o la ineficacia, abulia y desprecio al público de sus matadores, así lo merezca.
El coso zaragozano fue una plaza temible para los toreros del siglo pasado. Ninguno de ellos podía permitirse el lujo de no anunciarse en el Pilar, porque la feria era demasiado importante para su temporada. Pero se les atragantaba el ciclo. Sabían que los toros a lidiar llevaban los hierros de las mejores ganaderías y venían con el peso y hechuras propias del final de temporada. La mayoría con un año de más y casi todos pasados de arrobas y de pitones.
Pero ese no era el único motivo de sus recelos; al que de verdad le tenían terror era al público de Zaragoza. Un público exigente por lo entendido, que no pasaba ni una cuando intuía que alguien le estaba estafando y montaba unas peloteras de las de no te menees a las primeras de cambio.
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| El público, a veces, se enfada |
Hace unos días encontré en una librería de lance -las hay, si sabes buscarlas- un ejemplar de la primera edición de 1947 de "El libro de los toreros (De Joselito a Manolete)", escrito y publicado por José María Carretero, más conocido como "El Caballero Audaz". El ejemplar está trufado de amenas entrevistas a los principales toreros de la época; de ahí el subtítulo: "De Joselito a Manolete", los dos diestros que abren y cierran la lista del Índice. Entre las 25 entrevistas publicadas, tres de ellas me llamaron poderosamente la atención. En la primera el autor preguntaba a Juanito Belmonte -hijo del Pasmo de Triana-
¿Ante qué público te gusta menos torear? a lo que el torero le contestaba:
Hay una plaza a la cual no iré más, porque una tarde por poco me linchan: la de Zaragoza. Tuve un mal Domingo de Resurrección y yo creía que la gente me mataba a palos. En la entrevista a Ricardo Torres "Bombita", el escritor le preguntó:
¿... y la plaza que menos te gustaba torear?: a lo que el sevillano respondió:
Una de ellas es la de Zaragoza. Allí el torero está siempre expuesto a un compromiso. En la tercera y última de las conversaciones citadas, el gacetillero le pregunta a Vicente Pastor -cuando ya no se llamaba "El chico de la blusa"- y hablando de plaza de toros:
¿... y la que menos le gustaba para torear? A lo que el torero contestó:
¡Zaragoza!... -hizo un gesto de terror- porque no se me olvida que allí le dieron una ovación a un toro que me echó mano y, cuando vieron que no me había calado, me armaron la bronca padre; como si yo hubiera tenido la culpa de que la cosa no hubiera pasado a mayores. Sintieron que no me hubiera deshecho.
Claro, que no cuenta ninguno de los tres, cual fue el verdadero motivo de la trifulca.
Pero, ni calvo ni tres pelucas...
¡Cómo hemos cambiado! Deben ser los tiempos. Buenas anécdotas, Javier; de las que enriquecen el cotarro taurino.
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