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| FOTO: FOROPUROS.COM |
Es, más que una técnica, una filosofía. Morante deja caer las manos, las muñecas bien engrasadas. Cuando el toro se adivina en su trayectoria éste ya se ha asomado al abismo del desmayo. Ahí lo espera, en un segundo plano espacial en el que el cuerpo ya está allá cuando el toro todavía no ha pisado el metro cuadrado de arena que habita el torero. Entonces la tela va a buscarlo –a veces sólo lo acompaña en el viaje, a veces se lo trae– y lo lleva largo, tanto como puede.
Si eres aficionado de escuadra y cartabón, en ocasiones verás en su expresión un cuerpo retorcido como el sarmiento de una viña, lo que los cursis darían en llamar rompiéndose. Si, por contra, formas parte del grupo de los partidarios del abandono gestual y la nula exigencia por los cánones tradicionales, estás de enhorabuena: disfrutarás de esas posturas forzadas, de esas contorsiones imposibles trayéndotelas a tu terreno como la comprobación de la prueba terrenal de lo que a tí te parecerá de otro planeta. Ambos argumentos son aceptables y la combinación de ellos, con frecuencia, es el mejor negocio para ese alma de aficionado tantas veces maltratado por la aplastante vulgaridad del/los escalafón/es que padecemos.
El mito
Cuando la figura de Curro Romero se perdió en el horizonte y Sevilla se quedó huérfana de mito, la corte de aduladores, palmeros, jesuseros (dícese de aquellos que se sitúan a un metro del señorito con la única misión de decir ¡Jesús! cuando éste estornuda) y demás ralea le calentó la cabeza hasta el punto de tener que quitarse de enmedio para aclarar las ideas.
Morante llegó a creer que era el sucesor natural de Romero y que la Maestranza era ese patio soleado, rodeado de tiestos pizpiretos donde sabiéndose el amo, uno se fuma un puro abandonándose al deleite que produce la brisa cuando trae aromas de jazmín. Quiá!
El error fue intentar fabricar –porque sí, como por generación espontánea, de la noche a la mañana– el mito antes que el torero. España es un solar poblado de banderas y Sevilla necesitaba su pendón.
Hasta muy última hora no se ha producido esa especie de conexión entre la ciudad y el torero. Aunque de ahí a asimilarlo como único depositario del sevillanismo haya todavía un trecho. Uno manda en Sevilla cuando se cuenta con él el primero para todo y se hacen los planes habiendo sabido previamente la disposición del figura. Eduardo Canorea y Ramón Valencia no son Diodoro, bromas las justas. Por eso, entre otras cosas, está costando.
El fantasma de José Tomás
Está demostrado que ahora mismo, el único que lleva gente, que arrastra público, es JT. Todos los demás van a rueda de él mientras éste se aísla del taurinismo en una actitud que, entre otras cosas, ha consolidado su faceta de torero transgresor hasta el punto de, esta vez sí, convertirlo en un mito, diríamos internacional.
JT ha construido un mundo a su medida. Un mundo en el que no solo caben los taurinos o el establishment, sino que se proyecta como un fenómeno universal que sobrecoge por igual a un ama de casa de Wisconsin, a un obrero de Lyon o al aficionado de Getafe de toda la vida. Es ya un producto al alcance de tan pocos que acabará vendiéndose con receta. Es el que más cobra y el que más llena. Está dispuesto a dejarse partir por un toro y, hasta la fecha, no se le conoce una espantada. Por eso manda en su carrera y en su vida.
Todo lo contrario que Morante, que queriendo hacerse exclusivo, está abusando de un repertorio (dentro y fuera de la plaza) que a veces, resulta patético. Dentro de la plaza acostumbra disfrazarse de Rafael de Paula (como si por eso se pegara algo) y fuera se viste de primo bohemio de Rafael El Gallo.
En ese batiburrillo de posturas propagandísticas en el que parece que lo único que le importa es la foto, lo puedes ver en el callejón dándole tres caladas, tres, a un cigarro habano (Galán se lo fumaba de una bocanada y con el humo todavía en la boca mataba al toro en/de Pamplona entrando sin muleta); puedes verlo vestido de organillero de una zarzuela de Ruperto Chapí agarrando a un asno por el ronzal; puedes oírle hablar al estilo de Paula, con silencios de dos horas entre palabra y palabra (pero sin decir qué y como Paula); puedes enojarte con las espantadas injustificadas a que tanto se apunta porque a él le vale igual o más una bronca como cortar una oreja, siempre se llevará el titular y la portada…
Pero la cima del toreo no se encuentra (sólo) en los suplementos dominicales de los periódicos o en las revistas de crónica social o en los reportajes almibarados perpetrados por partidarios más papistas que el Papa.
Uno tiene por seguro que esa amalgama de influencias emborronan la verdadera personalidad de un torero que tiene un fondo propio, oculto tras un enorme cúmulo de obsesivas aportaciones ajenas que le impiden manifestarse tal y como es. Ahora está toreando más que nunca y en las últimas temporadas ha matado hasta corridas como único espada en lugares que, en teoría, no deberían serle propicios (dos en Madrid, una en Zaragoza) en vez de buscar escenarios favorables como El Puerto o Jerez… quién sabe.
Eso sólo es interpretable como la constatación de una trayectoria errática con más bandazos que nunca en su carrera, seguramente, buscando un golpe definitivo que le haga saltar la banca para tomar la vara de mando del cotarro en una sola tarde. Morante no es fast food, debería ser guiso lento, puchero con todos los avíos, pan cocido en tahona de leña… Morante debería descubrirse a sí mismo, descontaminarse de influencias externas interesadas. Despejar hasta dónde es capaz de llegar siendo él mismo. Hablando como Morante, vistiendo como Morante, siendo Morante.
La incógnita es, qué hay debajo de toda esa espuma. Parece claro que nadie pone en duda que hay un torero, mas no se sabe quién. Yo, personalmente, siempre he preferido un original mediocre pero con certificado de autenticidad a una copia vistosa made in China. Y en este caso, el traje parece que está hecho de retales. Mal negocio.
Carmelo Moya
Cadena SER Aragón y El Periódico de Aragón
Artículo publicado en agosto de 2009 en el libro del Club Taurino de Calahorra, plenamente vigente hoy.

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