Javier Sesma
Reconozco que me encanta navegar por la red, buscando en YouTube vídeos taurinos raros. Qué le vamos a hacer; a cada cual le da por una cosa.
Buscando, buscando, me encontré el otro día con la faena de “Joselito” a un novillo de Victoriano del Río, el día del homenaje al pobre subalterno Adrián Gómez en el madrileño Palacio de Vistalegre. ¡Cómo toreó “Joselito” de capote ese día!. ¡Qué maravilla!.
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| 1 marzo 2009 - Vistalegre |
Y, quizás, la solución a todo esto no sea tan complicada. Si ustedes se dan cuenta, los festivales cumplen perfectamente con las circunstancias que resolverían este problema. En este tipo de festejos los toreros retirados -pero aún en buenas condiciones- se anuncian para el gusanillo, por que hacen el paseíllo y se visten de corto. Pero lo hacen sin pasar miedo y sin sentir la responsabilidad del público al torear novillos arregladitos… y, al hacerlo con este material tan propicio, les aflora lo mejor del toreo que llevan dentro, ese que todos los toreros guardan para sí pero que, casi siempre, el miedo impide que salga a la luz.
Además de las razones apuntadas, este tipo de festejos cumplirían otras importantes funciones: primera, que promoverían la asistencia del público al ser más baratas las entradas; segunda, que permitirían a los ganaderos dar salida a buenos novillos que no se hubieran podido lidiar en festejos oficiales por falta de hechuras, quedándose los aficionados sin disfrutar de la bravura y la nobleza propias de su hierro; tercera, que los ganaderos modestos y sin nombre podrían lidiar sus reses con la esperanza de que un triunfo sonado les coloque en el circuito principal, aprovechando que uno de sus novillos lo lució un gran matador de toros, cosa que nunca hubiera ocurrido si no hubiera sido a través de un festival; y cuarta, que, si el festejo produjera beneficios, éstos quedarían como legítima ganancia del empresario que montara el espectáculo o, en su caso, podrían ir a parar a alguna obra caritativa o alguna ONG que tuviera necesidades económicas.
Y fíjense que a este tipo de festejos les estoy llamando “festivales”, a secas, no festivales benéficos, por que se podrían organizar -porque no- sin un propósito caritativo concreto. Imagínense, por ejemplo -y me lo estoy inventando- que pudiéramos anunciar un festival en Calatayud el segundo domingo de mayo, que no hay toros en ninguna otra plaza aragonesa. Se podrían lidiar novillos de desecho del hierro de “Juan Pérez López” de Orense, pongamos por caso, para los espadas retirados: Paco Ojeda, “Espartaco”, “Joselito”, Emilio Muñoz y Roberto Domínguez acompañados del novillero de la tierra “El Niño del Jalón, por ejemplo”. ¿Se lo imaginan?
Sería una especie de “cuarto circuito” independiente de los escalafones y estadísticas oficiales, donde los toreros volverían a hacer el paseíllo en una plaza de toros y sentirían de nuevo el calor de los olés del público, pero cobrando sólo los gastos. Las cuadrillas torearían percibiendo sus honorarios correspondientes, faltaría más. Los ganaderos de campanillas lidiarían sus buenos novillos en vez de mandarlos al matadero por feos, o los más modestos tendrían la ocasión de mostrar al mercado lo mejor de sus dehesas. Probablemente, algún empresario inteligente ganaría sus buenos dineritos o alguna buena obra recibiría una ayuda económica, que le vendría de perlas. Pero, sobre todo, los aficionados tendríamos ocasión de paladear ese tipo de toreo bueno que se ve raramente en un festejo… de los llamados oficiales.
Si, ya sé que es una utopía, pero… ¡a que sería genial¡.
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