viernes, 1 de julio de 2011

Los buenos espectadores, espejo del público

Javier Sesma
Al conjunto de asistentes a un espectáculo taurino -o a cualquier otro evento de presencia colectiva- se le denomina: público. Este público se divide, a su vez, en espectadores y en aficionados. 
En los toros los espectadores son la mayoría absoluta y lo único que pretenden es divertirse durante un par de horas a cambio de un dinero, que nunca es poco. Se manifiestan en función de lo que ven y sienten: aplauden si lo que se desarrolla en el ruedo les gusta, y pitan -menos de lo que debieran- si aquello les aburre.
Los aficionados, en cambio, van a los toros a emocionarse. Desde sus conocimientos técnicos -más o menos profundos- analizan más serenamente cuanto ocurre en la arena y luego hacen lo mismo: aplauden o pitan como el resto del público… pero con más criterio. Pero, ojo, recordemos que la fiesta se mantiene económicamente por los espectadores y no por los aficionados.
Público y aficionados
La fiesta de los toros es el único espectáculo donde el público asistente es absolutamente soberano. A veces comparamos las plazas de toros con el hemiciclo del Congreso de los Diputados en cuanto a los derechos de libertad y soberanía, pero según lo que vemos cada día en las Cortes creo, que en ese aspecto, los políticos no nos llegan ni a la suela de los zapatos. Decía que el público que va a los toros es soberano por que puede decidir libremente la concesión de la primera oreja, independientemente de que esté o nó ganada a ley. Permítanme que les recuerde un ejemplo jocoso ocurrido en la feria del Pilar de la temporada 1.996: una de las tardes Rivera Ordóñez -ahora “Paquirri”-, que alternaba con “El Tato” y José Tomás, no quiso ni ver a su segundo, un ejemplar de Gavira que estaba totalmente derrengado de los cuartos traseros y al que no le dio la gana darle un sólo pase por que estaba molesto con el presidente por no haberlo cambiado. Al público no le gustó la actitud chulesca del torero y, a la muerte del animal, pidió -entre risas y burlas- la oreja con mucha fuerza y no menos guasa. El presidente, Ernesto Gascón, ante la clara mayoría de pañuelos, no lo dudó un momento y la concedió. Ni qué decir tiene que el toreo no se atrevió a dar la vuelta al ruedo con ella. Pero el público pidió la oreja y la presidencia la concedió. Punto.
La personalidad colectiva del público es muy variable, incluso dentro del mismo espectáculo. Puede montar una bronca monumental a un torero en el primer toro de la corrida -o a un ganadero, o a un presidente o al director de la banda de música si se tercia- y una hora más tarde llevárselo a hombros hasta el hotel. Esta reacción no es un síntoma de papanatismo o de ignorancia, si no de generosidad y de ecuanimidad. Juzgan lo que ocurre en el ruedo, momento a momento, sin recordar lo que aconteció en el toro anterior, sea para bien o para mal. Igual que un maestro corrige y valora objetivamente el examen de un alumno, sin tener en cuenta cómo realizó el examen anterior.
Los espectadores que asisten a un festejo taurino no pretenden tener responsabilidad alguna en el desarrollo del espectáculo. Vienen, pagan, se divierten o se aburren y se van. Pero éste no es el caso de los aficionados. Los buenos aficionados sí tienen una gran responsabilidad dentro del coso, máxime siendo como la nuestra una plaza de primera. En muchas ocasiones, cuando la faena se ha desarrollado de forma confusa para los no iniciados, los espectadores buscan en los tendidos a esos aficionados de “pata negra” y observan interesados sus reacciones taurinas, para imitarles. De ahí lo de la responsabilidad. Los aficionados no deberían permanecer pasivos en los tendidos y sería necesario que se manifestaran en cada momento de la lidia, para que su actitud sirviera de orientación a los no entendidos. Pero, eso sí, con exquisita educación en sus ademanes, porque eso… también lo imitan.    

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